jueves, 8 de enero de 2015

Visión literaria de Pío Baroja de los Duques de Riánsares (1)



Dentro de las novelas históricas de Pío Baroja, nos encontramos con una serie de capítulos que son muy descriptivos y acertados, dedicados, por un lado, a los embarazos sucesivos de la reina María Cristina, y por otro, al acontecimiento del matrimonio secreto entre María Cristina de Borbón y Dos Sicilias con Fernando Muñoz. Veamos en este caso un capítulo referido a los continuos embarazos de la Reina, que disimulaban muy mal la situación con el Duque Fernando Muñoz.




III

GRAN MUNDO


Aquí está usted entre amigos, entre hermanos; e hizo la señal masónica de reconocimiento como masón del rito escocés.

(Los contrastes de la vida.)


[...] —¿Y esa divergencia política entre las dos hermanas, Cristina y Carlota, cree usted que es la causa de la hostilidad actual entre ellas? —pregunté yo.

—No.

—¿Entonces cuál es la razón de este odio?

—La razón es que Cristina, como decimos aquí, ha echado su gorro por encima de los molinos, entendiéndose con Muñoz y teniendo varios hijos con él.

—¿Usted cree que esto es lo que molesta a doña Luisa Carlota?

—Me parece que sí.

—¿La falta de conducta de su hermana?

—No, más bien su atrevimiento de tener un querido públicamente. La infanta Luisa Carlota tiene que aguantar a su marido, que es ya viejo, tonto y pesado.

—Entonces, ¿usted cree que María Cristina es una mujer ligera?

—Sí, ligera de cascos, aunque no de cuerpo, porque empieza a tener mucho peso.

—¡Vamos!, cree usted que es una pécora.

—La palabra no es protocolar.

—¿Pero supone usted que la idea es exacta?

—Me parece que sí. Ahora, sus partidarios dicen, para legitimarla, que se casó en segundas nupcias honestamente con Muñoz. Es mentira, porque estaba entendida con él pocos días después de que muriera Fernando.

—No puede ser fácil saberlo.

—Yo estaba en Madrid por entonces, y eso se aseguraba. Sus amigos afirman que se casó a los tres meses de viuda. No sé cómo. La ley no autoriza el matrimonio de las viudas hasta pasados nueve meses. Es una familia desatada esta de los Borbones de Nápoles. Su hermana, la duquesa de Berry, María Carolina, apareció, no sé si lo recordará usted, al principio del reinado de Luis Felipe, en la Vendée a soliviantar a los legitimistas. Produjo desgracias y ruinas sin cuento. La prendieron en Nantes, donde la encontraron metida en una chimenea mareada y vomitando, parte por el humo y parte por el embarazo de siete meses. La llevaron al castillo de Blaye y allí dio a luz ante los notarios que mandó Thiers. Estaba liada con un conde italiano. Con reinas así, en este tiempo, se acaba la monarquía. En un libro que un poeta alemán, Enrique Heine, ha publicado el año pasado sobre las heroínas de Shakespeare, dice: A una cierta madama Carolina, que hace algunos años rodaba por las provincias, particularmente por la Vendée, no le faltaba ni talento ni pasión, pero tenía un vientre demasiado grueso, lo que perjudica siempre a una actriz encargada de representar el papel de viuda heroica de un rey.

—¿Y usted conoció y trató a María Cristina en Madrid?

—Muy poco. Durante algún tiempo apenas se la vio.

—¿Y por qué?

—María Cristina, que sólo pensaba en su nueva luna de miel con Muñoz, prefería la soledad de los sitios reales a la corte. En mayo de 1834 se fue a Aranjuez, de donde marchó a Carabanchel a principio de junio, con motivo de haberse declarado el cólera en La Carolina, y a final de este mismo mes pasó repentinamente a La Granja, porque el cólera se hallaba en Mora. Desde San Ildefonso fue a abrir las Cortes a mediados de julio y conocieron muchos su extraña obesidad, no obstante las fajas que sabíamos llevaba por disimulo.

—¿Y estaban enterados de eso?

—Y hasta de quién se las fabricaba. El mismo día de la inauguración volvió a dormir al palacio de Riofrío, donde hizo cuarentena hasta que regresó a La Granja. La súbita noticia de casos de cólera en Segovia la hizo marchar a escape, a fines de agosto, al Pardo, donde se aisló y encerró, aprovechando el rigor sanitario, para no ser vista en los meses mayores. El 17 de noviembre de 1834, a los once meses justos de conocer a Muñoz, entre once y doce de la noche, dio a luz una Gertrudis Magna Victoria, asistida de la tía Eusebia, su suegra, con tal felicidad, que a los nueve días ya pasó revista en el paseo de la Florida de Madrid al segundo escuadrón de guardias, que salía a incorporarse al ejército del Norte a pelear por su hija legítima y conocida. En la misma noche del alumbramiento sacaron a la recién nacida en un coche cerrado, por la puerta que da frente a Las Rozas, el administrador del sitio, don Luis, y el médico cirujano don Juan Castelló y la entregaron, cerca de Madrid, a la señora de Castanedo, viuda del administrador que fue de La Granja, llamado Villanueva. Esta señora fijó su residencia el verano siguiente en Segovia con la niña y un ama de cría, para estar cerca de los padres. También entendieron en estos negocios al italiano Ronchi y la paisana de éste, doña Ana, entonces querida del médico de guardias Coll.

—Veo que está usted enterado como pocos.

—Al año siguiente se repitieron las jornadas y las escenas. En mayo de 1835 fue la corte a Aranjuez, de donde volvió la reina a Madrid para la clausura de las Cortes, volviéndose en el mismo día. En julio regresó de nuevo, y a los tres días se trasladó a La Granja con ánimo de vivir aislada y con más cautela que la primera vez. Por eso, el 17 del mismo julio salió una Real orden del mayor, marqués de Valverde, suprimiendo los besamanos generales en obsequio, se decía, de los obligados a concurrir a ellos. Entre los palaciegos se comprendió bien que esto significaba que la reina se hallaba otra vez en estado de preñez.

—¿Y la niña primera?

—La veían con frecuencia. Desde La Granja salían todas las tardes Cristina y Muñoz para la granja Quitapesares, y desde Segovia venía al mismo punto la aya Castanedo con la niña y el ama en un coche. Esta cotidiana entrevista, el boato de la encargada de la pequeña Victoria, los guardias que salían de la ciudad a vigilar el camino antes de salir el coche de Segovia, y otros mil incidentes mal disimulados, hicieron tan pública la procedencia de la chiquilla, que hasta los chicos segovianos la llamaban al pasar «la hija de la reina».

—Es curioso que todo esto nos pasara inadvertido a los madrileños.

—En agosto asistió Cristina a un gran Consejo de ministros y magnates, que celebró Toreno en Madrid sobre el pronunciamiento de las provincias, sacrificio costoso para la reina por lo adelantado que se hallaba su embarazo. En septiembre volvió a encerrarse en El Pardo, a pretexto de que el cura Merino se acercaba. Ni los gentilhombres ni las damas llegaron a verla en mucho tiempo, y hasta se negó a los infantes más de una vez el permiso para visitarla, cosa que irritó a su hermana Carlota. En este otoño fue varón el que Cristina dio a luz, y a poco de robustecido, se le condujo con su hermana a París, comisión que cumplieron su abuelo el señor Juan Muñoz y el cura Caborreluz, tío del confesor que, por influencia del sobrino, era oficial de la biblioteca de Palacio y ahora director espiritual de la reina niña. Se hizo el viaje en enero de 1836, tomando como pretexto una comisión que se dio a Caborreluz para agenciar libros para la Biblioteca Real.

—¿Cuánto gatuperio! Es raro que todo esto no trascendiera.

—Cuando las ocurrencias de La Granja, en agosto de 1836 —siguió diciendo el diplomático—, se gritó contra Muñoz y la camarilla, y se oyeron algunos mueras. Se ocultaron los que bullían en Palacio, y Muñoz fue sacado ocultamente, por una galería de las fuentes, por el llavero de aquel sitio Dionisio Arias y conducido a Madrid, donde se escondió. Desde entonces no se le volvió a ver en público con la reina ni aun en Palacio: se le relegó a la oscuridad en el departamento que se conoce con el nombre de "Jaula de Muñoz". A mediados de abril de 1838 tuvo Cristina un mal parto de una niña; después han crecido las precauciones y los medios de ocultar, y nada se conoce actualmente con certeza. Como sabrá usted, aunque la adulación y la timidez cerraron muchas veces los labios de los ministros, hubo ocasión en que se resolvieron a hablarla de este asunto, pero a lo último no lo hicieron.

—Esto último lo sabía.

Todo lo que contó el diplomático parecía cierto. A pesar de no ser yo un monárquico ferviente, me molestaba tanto descrédito. No había posibilidad de protesta.

—¿Y la actitud de Espartero con María Cristina? ¿Cómo se la explica usted? —le pregunté al señor D'Aumesnil.

—Yo creo que Espartero es un ambicioso y que le gustaría ser el amante de la reina y completar así su carrera, dándole un puntapié a Muñoz, a quien le tiene mucho asco.

—Me da usted unas explicaciones que, la verdad, no se me habían venido a la imaginación.

—Pues creo que encierran una realidad.

—¿Y la reina, llegará a hacer caso de Espartero?

—Antes quizá, ahora no.

—¿Por qué?

—Porque ya está vieja y está enamorada de Muñoz y celosa. Este tiene sus devaneos, y probablemente la causa de que la reina haya aceptado el proyecto del viaje a Barcelona es el separar a Muñoz de una mujer.

—Sí, eso se dice.

—Pues creo que es verdad.

—¿Y doña Jacinta, la mujer de Espartero?

—Esta aceptaría el que su marido fuese el amante de la reina como un éxito más del general. Ella podría tener compensaciones con algún ayudante más bonito.

La malicia del viejo diplomático me hizo bastante efecto.



Baroja, Pío.- Memorias de un hombre de acción. Tomo XXI. Crónica escandalosa. Segunda Parte. París. La avidez del oro. III. Gran Mundo, pp. 38 a 40.






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